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Capítulo 10 - Novela: Los Pesos Fuertes del Banco de Barcelona

Los Pesos Fuertes del Banco de Barcelona                    
Rafael López y Guillén



              Capítulo Décimo   

     


     - ¿Tú te crees?. Ahora que tengo una exclusiva - hablaba Juan Andrés con José Mansana, al lado, sin intervenir en la conversación Matías Muntadas escuchaba, caminaban tras los pasos de Mª Eugenia, la esposa de Juan Andres y de Mª Carmelita Estruch la esposa de José Mansana, al lado de ambas, que iban tocadas con sombrillas, la madre de Juan Andrés, callada, caminaba junto a ellas.
     - Ya veo los titulares, aquí seguro que ponen Jaime El Destripador. Con lo que me gusta Jack The Ripper, no toca, que ahora estamos en una época tranquila, que hay que hablar de la exposición, y sólo de cosas buenas que cada día las hay. No me gusta ese sentido tan cauto y puro que tiene esta editorial de La Vanguardia. Ya son siete los años que tiene el periódico, y si yo me entero de cosas importantes al leer la prensa extranjera, ¡simples coletillas me dejan decir, cuatro palabras! - continuaba quejándose Juan.
     - Y ahora que se acaban las obras que hay por toda la ciudad por la inauguración, empiezan de verdad en la fachada de la Catedral, pasé por allí y estaba todo de polvo - se quejó Matías Muntadas.
     - Este Girona, ¡un millón de pesetas que ha soltado! - replicó José Mansana. - Aunque la verdad, una catedral con la pared lisa no era muy bonita. Pero donar tanto es ... -no quiso acabar la frase.
     Estaban entrando en el Pabellón de Uruguay, se agolparon un poco acercándose a las mujeres.
     - Se disfrazó Saúl y fue a verla, a ella a quien se lo había prohibido. Ya ves, cuando tu fin ves acercar, entonces pruebas cualquier cosa - le decía Mª Carmelita a Mª Eugenia.
     - Están hablando de La pitonisa de Endor, la ganadora en los Premios Florales de este año en la categoría Viola de Oro y de Plata - puntualizó Matías Muntadas - Que mal lo debe de pasar Carlos Pirozzini, que al aceptar ser el Secretario General de la Exposición, tuvo que dejar la presidencia de los Juegos Florales que tanto le gustaba.
     - Sí, la verdad, que mal lo debe de pasar siendo tras el alcalde Rius y Taulet, la persona más importante de Barcelona - dijo con ironía Juan Andrés.
     - Me comentó Pirozzini el otro día que tras la exposición, quería convertir los pabellones en museos, que buena falta nos hace en esta ciudad - añadió Mansana.
     - ¡Los periodistas como sois!, ahora Muntadas le recrimino a Juan - No paráis de hacer bromas sobre las palabras en catalán que dijo Sagasta al inaugurar los juegos florales, lo último que he leído ha sido que si hubiese sido en Cádiz, habría dicho:
     - Zeñorez, za abierto la Exposición.. ¡Olé! - rieron todos la broma.
     Juan no respondió, observaba a su madre, las señoras de ciudad le daban la espalda y hablaban entre ellas; no cuajaba en Barcelona. Cambio de conversación.
     - En unos días acompañaré a mi madre de regreso al pueblo y luego me quedaré unos días. Me ofrecí para cubrir la noticia en La Vanguardia de la inauguración de primer viaje del Trenet de Valencia a Liria, el 18 de Julio - comentó Juan.
     - ¿Vas solo?. ¿No te acompaña Mª Eugenia? - preguntó Matías.
     - Si, no le gusta la vida de campo, ella es de ciudad. A mi me gusta todo: el campo, la ciudad y el extranjero.  ¡Acuérdate que no quiere acompañarme nunca! - replico Juan.
     Matías y José callaron, pues se intuía algo más que no contaba.
     - Fíjate en ese traje negro tan precioso, me han dicho que en Montevideo los hacen muy bien - explico Mª Eugenia.
     Al oírlo, Matías Muntadas comentó en voz alta para que le escucharan las mujeres.
     - Luego vayamos a mi pabellón de La España Industrial; ya veréis qué trajes tan finos he puesto.
     - A trabajar en paz por los intereses de la nación; patriótica divisa, envidiable política - leyó Juan Andres, señalando el cartel que había en el dosel de la entrada.
     Tras dejar el pabellón, le hicieron caso a Matías y fueron al suyo.
     - Matías, ¡qué lujo! - dijo Juan adulándole, aunque ciertamente le impactaba la decoración.
     - Señoras - se había girado hacia ellas - miren esos tapices, esos brocales, esos trajes de seda - andaba de espalda, mirándolas y señalándoles los lugares, - esas cortinas, pañuelos, todo, todo, confeccionado con nuestro algodón.
     Qué feliz se le veía. Había mucho trabajo allí: decisiones tomadas, discusiones, todo para estos días, y para él, pero más para ellos, sus amigos. Rebosaba alegría en su rostro.
     Juan le miraba y le sonrió. Él también sabía lo mal que lo pasaba en los despidos, en los trabajos mal acabados, en los impagos, en el sinfín de problemas que llevaba una fábrica, como le había contado mil veces.
     José Mansana le preguntó a Juan:
     - ¿Y el amigo Claudio?. Hace ya tiempo que no le veo; desde que fuimos al pantalán de su pabellón de la Compañía Transatlántica para ver las pruebas del cañonero Cóndor, ¿el 28 de abril?. 
     - Si, ese día, soberbio navío, de fabricación nacional aquí en Barcelona. Espero que triunfen - contestó Muntadas, siempre al lado de los empresarios.
     - Me nombras ese día y me acuerdo de José Ricart y Giralt - dijo malhumorado - ya hasta me entra calor, ahora tendremos que ir a ver su maldita columna meteorológica que está aquí al girar - la indicó, estaba rodeada por una pequeña reja. 
     - ¡Juan vaya día que tienes! - replicó Mansana.
     - Perdóname José, Ricart hizo una crítica bestial contra el pabellón de Claudio, y encima al ser él un colaborador de La Vanguardia, me obligo luego a defenderle ante Claudio. Ese marino, sabrá de navíos y de meteorología, pero me creó un gran problema. También me discutí mucho con Claudio por ello. - Cambio de pregunta. - Te contesto a lo de Claudio, ya no hay que esconderlo, pues va mejorando, tiene Tisis - dijo Juan.
     - Eso es grave, es de lo mismo que murió hace dos años el rey Alfonso XII - aclaró Matías Muntadas.
     - Si dices que esta mejor, me alegro - ahora fue José Mansana el que habló. - Creo que si se va una temporada a Comillas, el aire puro le sentará mejor.
     - Pues la verdad, no sé si no estará ya allí, pues hace algunas semanas que no lo veo - dijo Juan
     - El 26 va a tu fabrica la reina regente, ¿verdad?. ¿Estás nervioso? - preguntó ahora Juan.
     - Yo y todos los empleados. Ya les he dicho que estuviesen toda esa semana limpiando por todos lados, que ya sabemos cómo son los reyes; lo mismo sube a mi despacho, como que va al aseo de mujeres. Ya no me quedan invitaciones, pero si venís vosotros preguntad por mí. Decid que llamen al dueño, que le queréis vender un cuadro para su colección de arte, de Jaume Huguet o de Bernardo Martorell, o de quien os de la gana; en cuanto escuchen "vender cuadro", tienen orden de avisarme.
     Salieron del pabellón, y en ese momento a un hombre se le cayó el abono al suelo mientras caminaba.
     - ! Perdone se le ha caído un papel! - grito Matías al desconocido. Este no lo escucho o hizo caso omiso y continuó caminando.
     Matías lo abrió; había la foto del abonado y el nombre, lo leyó en voz muy alta para que le oyera.
     - Mister Reinooold - intento pronunciar ese nombre tan raro, sin éxito, pues no se volvió tampoco.
     Juan Andres se acercó y le quitó el abono de la mano, leyó el nombre y lo pronunció en alemán - ¡Reinhold Bernhard!.
     Consiguió el objetivo, pues se giró al momento, al reconocer a Juan, sonrió y avanzó rápido hacia ellos.
     - ¡Mi salvador catalán!. ¿Como estas? - habló en castellano con su acento peculiar y tendió la mano a Juan.
     - Las casualidades no existen, tenga - le tendió el abono caído.
     - Oh, no me había dado cuenta, menos mal que siempre hay buenas personas cerca, usted doblemente - le sonrió al decirlo. - Permítanme que les invite a todos a un café o a lo que deseen, en ese restaurante tan especial - señaló al Castillo de los tres Dragones como lo conocían.
     - Bienaventurada fortuna Herr Reinhold, estuve hablando con el alcalde de su deseo de establecer un zoo permanente en nuestra ciudad. Ahora mismo aquí, hay varias atracciones con fieras que las exponen, pero nada que ver con un zoo estable. Hasta hay una pecera gigante con un tiburón que apenas puede moverse, pues mide cuatro metros y medio de largo.
     Mientras caminaban les explicó a sus amigos:
     - Herr Reinhold es un naturista amante de los animales.
     - Ornitólogo. Mi especialidad son las aves. - le corrigió.
     - Me comentó que hay un banquero llamado Martí y Codolar que tiene muchos animales en su granja, hasta un elefante incluso. Quizás fuese un principio para su idea. Está cerca, en el municipio de Horta.
     - Se lo vuelvo a agradecer amigo. No sé su nombre -solicito el hombre.
     - Juan Guillén Andrés para servirle. Trabajo en La Vanguardia si quiere ir a verme un día, le atenderé tranquilamente y sin problemas - le contestó sonriendo, de golpe la cara de Juan se puso pálida.
     - Id hacia el restaurante que ahora voy. Tengo que hacer una cosa urgente - se dio la vuelta y les dejó.
     Esperaba que no fuese una mala jugada, o si, no lo tenía claro. Había visto a Sousa con un sombrero de paja y traje oscuro. Su panza no le dejaría andar con rapidez, esperaba poderlo ver de nuevo, aunque de espaldas, había muchos con el mismo sombrero y aspecto.
     Lo vio a lo lejos, cuando giró tras un empalizado de maderas, desapareciendo.
     Se fue acercando, mirando al mismo tiempo por donde veía que acababa el cercado, por si salía por ahí. Cuando llegó, se asomó con cuidado, solo la cabeza, habían unas gradas escarbadas en la tierra, como un anfiteatro y abajo del todo vio a Sousa hablando con un hombre, un operario que estaba sentado en una silla, junto a un montón de cajas de maderas y cuerdas. Esperó unos minutos y cuando volvió a mirar, ya sólo quedaba el trabajador. Sousa se había ido y no se había dado cuenta.
     Bajó por unas escaleras hasta el fondo y fue directo al hombre. Pensó en moverse despacio, no quería asustarle, ni que le diera importancia a su presencia. Al mismo tiempo pensó una argucia para utilizar.
     - Hola amigo, ¿qué son todas estas cajas? - preguntó como el que no quiere saber nada. 
     - Es para el globo que montaremos, cada vez está más cerca la fecha de la inauguración y en cuanto montemos los asientos en las gradas, comenzará la función - respondió.
     - ¿Hay una fecha aproximada? - volvió a preguntarle.
     - Si, mi jefe ha dicho que a mitad del mes próximo - respondió sin mirarle siquiera, liándose un cigarrillo.
     Aprovecho eso, y pensó en ser amable, se busco en los bolsillos y saco su caja de yesca, se lo tendió para que la usase.
     - Gracias - agradeció el hombre.
     - Ese hombre que se acaba de ir, ¿quería saber lo mismo? - a ver qué respondía. Ahí estaba el invite, pues estaba distraído peleándose con el pedernal y la pirita.
     - Sí, y preguntó si vendría la reina a la inauguración - eso era información privilegiada, pocos sabían el itinerario con antelación.
     - ¿Y qué le has dicho?. - volviendo a formular otra pregunta.
     - Que no lo sé, pero que alguna personalidad seguro que acude. Yo soy un simple vigilante, el dueño y su hijo son los que saben de todo, yo solo custodio que nadie se lleve nada. - eso fue sincero, pensó. 

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Capítulo 1 - Novela: Los Pesos Fuertes del Banco de Barcelona

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                A mi madre África Guillén de la Rubia,
                por hacerme tal como soy.
                A mi mujer Mª Victoria Ortells Lecha,
                por quererme siempre con todos mis defectos.
                A mis hijas Sandra y Laura, que no tienen remedio, soy su padre,
                el besucón que las quiere.

                También se lo quiero dedicar, a mis seres queridos que ya no
                están entre nosotros, pero que siempre estarán en mi mente,
                a mi padre Rafael López Moreno, y a mis suegros
                Victoria Lecha García y Amadeo Ortells Morte.

                Con cariño especialmente para mi abuelo Juan Guillén Andrés, un
                hombre de los de antes.

                Tengo que agradecer la ayuda, por las ilustraciones que
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