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Capítulo 5 - Novela: Los Pesos Fuertes del Banco de Barcelona

Los Pesos Fuertes del Banco de Barcelona                    
Rafael López y Guillén

                   Capítulo Quinto    



          Los gritos y vítores eran atronadores. Centenares de gorras de todos los tonos de negros volaban sobre las cabezas. Juan Guillén se giró para confirmar que María Eugenia estaba detrás de él, aunque no le miraba, tenía una mirada de locura atónita. Se había enardecido, como los miles de parroquianos.
         ¿Pero qué hacia él allí?. Al menos no estaba en medio de la muchedumbre, sino en un lado del salón, con unos pocos compañeros de profesión, periodistas afines o no, y valientes. Era un momento memorable para la historia. Él quería estar ahí. Y lo hacía además en una misión solicitada, por su sociedad secreta.
         Nunca se hubiera imaginado lo que cambiaría su vida, al acudir a la cita siguiendo las instrucciones del sobre azul.




         Tras entrar por la puerta de la sede casi terminada de la Cía. General de Tabacos de Filipinas, aunque con andamios sin retirar, protecciones en el suelo y columnas, vacía de gente, sin ningún obrero u operario, fue avanzando hasta que un hombre le detuvo con la mano y le pidió su invitación, al que mostró el billete de los pesos. Inmediatamente le indicó hacia las escaleras que ascendían al piso superior, donde había una habitación iluminada. Supuso que sería allí y entró. Había otros tres hombres sentados, tras una gran mesa ovalada con al menos una docena de butacones, seis a cada lado de la misma, todos en el centro del lado que daba a los ventanales, por los que apenas entraba luz, pues estaban medio cerrados.
         - ¿Sr. Juan Guillén?. Un hombre con un traje gris y serio salió de detrás de la puerta. Por su color, debía de ser el criollo que le había dejado el sobre.
         Afirmó con la cabeza Juan.
         - Sr. Juan Guillén Andrés, - señaló al primer hombre sentado - le presento al Sr. José Mansana Terré, al Sr. Maties Muntadas y Rovira - señalo al tercero, y finalmente al último que estaba en medio - y al Sr. Salvador Sama y Torrents, Marques de Marianao, siéntese junto a ellos por favor. - Acabó las presentaciones que había efectuado por orden de importancia y se puso de pie con los brazos cruzados, junto a la puerta por donde había entrado.
         Se acercó a su puesto y saludó a los hombres que se levantaron para estrecharle la mano. Dedujo por sus caras que, como él, todos serían herederos. Se sentó donde le habían dicho, e hizo como el resto: dejó su sombrero delante de él, sobre la mesa.
         Observó la estancia, con iluminación de apliques dorados de gas, cuadros que supuso que serían de paisajes filipinos. En un lado había una enorme chimenea apagada, sobre ella algunos objetos de decoración, y al lado, un gran reloj de péndulo. En ese momento sonaron las cinco, la hora a la que había sido citado.
         De una puerta que había junto a la chimenea, salieron seis hombres. Fueron hacia el lado contrario donde estaban sentados, ocuparon sus puestos en silencio y también dejaron sus sombreros sobre la mesa.
         A sus examinadores les había observado llegando, y rápidamente les había puesto, por el corte del traje, en un nivel social inferior al suyo. Sus compañeros, los herederos, eran todo lo contrario, aparentaban un alto nivel económico.
         Se puso de pie precisamente el que estaba frente a él, no había ninguno que fuese muy joven, casi todos eran de cincuenta para arriba, pero este no se diferenciaba de los otros más que en la altura, el que más.
         - Señores, en primer lugar quiero agradecerles su asistencia y puntualidad. - Se hizo un silencio sepulcral entre los oyentes de los dos lados, aunque a los que tenía enfrente se les veía más relajados, uno mirando el reloj de la chimenea, otro poniéndose bien la levita. 
         La voz del hombre que hablaba, desprendía seguridad en sí mismo. Su mente periodística estaba alerta del todo.
         - Como habrán podido suponer, esto no es la lectura de una herencia. - ninguno pestañeó supuso Juan sin mirarlos. Si hubiera salido una sola persona, podría haber sido posible, pero seis, eso le recordó la época de sus exámenes en la universidad, son el jurado, ¿estarían pensando lo mismo sus compañeros?.
         - Tampoco es un examen si lo han pensado. - Ahora sí, Juan abrió la boca, ¿le habían leído la mente?. No pudo aguantarse y se giró para ver, que todos se estaban mirando, aunque ninguno decía nada. Volvieron a concentrarse en el hombre que estaba de pie, que se giró para apartar su butaca y salir del marco de la mesa, en dirección a la chimenea.
         - Señores, quisiera antes de empezar, que sepan que lo que van a escuchar es del todo secreto - acabó - y requiero de su conformidad con un gesto de la frente y cabeza mirándoles.
         Lentamente, todos fueron afirmando con sus cabezas.
         - Me hace falta un poco más de esfuerzo - hizo una señal al hombre que estaba de pie al entrar, y este se acercó y dejó delante de cada uno una Biblia.
         - Pongan la mano derecha sobre ella y digan "lo juro". - requirió - Si alguno no desea saber lo que le vamos a explicar, no hay problema alguno en que nos abandone.
         Nos miró a todos, y nosotros a su vez a él y al que tenía más cercano.
         El heredero que estaba más cercano, al que había hablado le replicó.
         - Si usted me jura que lo que vamos a escuchar no es ilegal, ni nos va a ofender o a causarnos mal alguno, yo lo juraré a continuación - le tendió su Biblia. -
         Juan estrujó su cerebro en las presentaciones, el primero era José Mansana. Este hombre tenía un buena preparación, había dejado descolocado a su anfitrión y demostrado liderazgo.
         Si, ahora la cara de estupor era del anfitrión que sonreía, aunque tranquilo pasado unos segundos.
         - Por supuesto - se acercó a él, cogió la Biblia con la mano izquierda, y puso la derecha encima.- Juro que no van a escuchar nada ilegal, ni les vamos a causar mal alguno, pero no sé si les va a ofender lo que van a oír - le devolvió el ejemplar del sagrado libro.
         Este también sabe hablar y comportarse. Acababa de quitarle de nuevo el liderazgo de la reunión.
         José Mansana hizo lo mismo y dijo mirándole a los ojos:
         - Juro guardar secreto sobre lo que se diga en esta reunión.
         Uno a uno, por orden fuimos repitiendo sus mismas palabras.
         - Ahora me toca hablar a mi - otro de los hombres examinadores que estaba sentado comenzó a hablar y todos los rostros fueron en busca de la voz.
         - Esto es secreto. Somos una sociedad secreta, no somos ninguna logia, aunque algunos de nuestros miembros pertenezcan a alguna. - Hizo una parada. - No somos una gran cantidad de hombres, pero si somos especiales. Ninguno de nuestros miembros puede ser una persona simple y sencilla.
         El hombre que había estado de pie, había vuelto a ocupar su sitio. El que hablaba ni le miró, ni le hacía falta el ponerse en pie para que todos le observasen.
         - Lo que van a escuchar, nuestra historia, ya tiene unos cuantos años, y viene de lejos, del otro lado del océano.
         El que estaba más alejado, replicó enojado.
         - Cada año nos pasa igual, antes de hablar sobre nosotros, debemos de darles una clase magistral sobre la esclavitud - había elevado un poco la voz, y su mirada en lugar de dirigirla a nosotros, lo dirigía contra su compañero de equipo. Se puso en pie.
         Juan enseguida dedujo que este debía de ser más orgulloso que el resto, más enérgico y fácil de encolerizar y, posiblemente, peor enemigo si fuera el caso. 
         - No dudo de vuestra preparación, pero aún sois muy jóvenes. - hizo un impasse. ¿Joven? pensó Juan. El marqués debía de tener 20 años y el resto todos, estarían ya rondando los 30.
         - Desde el principio de nuestro conocimiento, en todas las civilizaciones han habido esclavos y, por supuesto, siempre ha habido un ahorro económico por ello o ganancias incluso con la venta.
         - A los ingleses, esos miserables que cuando perdieron Canadá, entonces cambiaron de posición, y perseguían a los barcos negreros, les entró el sentimiento de ética y moral. En Cuba, el año pasado 1880, al fin se ha creado una ley para prohibir la esclavitud - paró para coger aire- El primer país en hacerlo fue Portugal, que la prohibió en 1761, pero solo aquí al lado. En sus colonias hasta 1854 estuvieron mirando hacia otro lado, igual que los ingleses - que odio les procesaba pensó Juan.
         - En Francia, durante la Revolución se prohibió, pero luego ese malnacido de Napoleón, otra vez la permitió. Debió de sentir remordimiento ese hijo de mala madre, pues la volvió a prohibir en 1802. - Ni ingleses, ni franceses fue añadiendo a su memoria Juan, a la lista de indeseables por ese hombre.
         Los ingleses al fin se dieron cuenta de que había esclavitud en sus colonias, y los liberaron a todos en 1834 - cogió aire, estaba enfadado - los grandes Estados Unidos al fin se unieron tras una guerra civil entre los esclavistas del sur y los norteños en 1865, aunque estuvieron décadas con movimientos abolicionistas - ahí notó admiración hacia esos últimos pensó de nuevo Juan. - Y aquí en España nada. Pero bueno en nuestras colonias de Puerto Rico y Cuba, al fin lo hemos conseguido. Hubiera ocurrido antes si el cobarde de Amadeo I lo hubiese firmado - más odio y desprecio le dio tiempo a pensar a Juan - Por eso perdió Isabel II su reinado, Ruiz Zorrilla la abolió en Puerto Rico, y nuestro Alfonso XII el año pasado, la abolió en Cuba.
         Se sentó cansado por la energía gastada.
         - Gracias por tu clase "magistral" - añadió al que le habían interrumpido y continuó. Hubo ahí en esa palabra un punto de ironía que le dirigió. Volvió a mirarnos a nosotros - Quizás no sean importantes las fechas y personas, reyes o mandatarios incluso, pero agradecemos tu clase "magistral" - volvió a esa palabra con ironía.
         - La esclavitud es difícil de explicar. Pierdes tu vida social, te raptan y separan de tu familia, del lugar donde has vivido, te llevan a otro sitio muy diferente y con otro idioma. Encima, te separan de los que han viajado contigo, con los que compartías penas y podías hablar, no entiendes el porqué y para qué, hasta que llegas a entenderlo. Ninguno de los sentados en esta mesa lo sabemos. - Se giró y señaló al hombre de la puerta - Él conoce algo, aunque solo la siguiente parte, donde naces en unas condiciones ya establecidas e intentas luchar contra ellas.
         - Una vez - el hombre más mayor de todos, que había permanecido todo el rato quieto, con el codo derecho apoyado en la mesa, y con la mano aguantándose la cabeza hablaba - en otra civilización, en la época de los romanos, en el senado donde solo los patricios podían hablar, los plebeyos no, se discutió sobre los esclavos. - Paró para recuperarse y coger fuerza para levantarse. - Continuó - Los romanos, os informo, se diferenciaban del pueblo plebeyo, entre los propios patricios incluso, por sus ropajes, sus togas con más o menos adornos. Debatían sobre que los esclavos llevaran una prenda para que todos supieran que no eran ni plebeyos ni patricios - le costaba estar de pie, por lo que se respaldo en la mesa. - Pero un senador dijo que no, y lo argumentó, si fuesen todos vestidos igual, y vieran que son en número muchos más que nosotros, o un número parecido, podría haber una revuelta, pues podrían hablar entre sí.
         - Y así ocurrió algunos años después, el 5 de noviembre de 1843, y no en Europa, Asia o África, donde también habían esclavos, sino en Cuba, en la región de Matanzas. Pero no fueron los trajes, ni el contacto visual. La comunicación fue a través de sonidos. Habían miembros de una misma tribu, los lucumíes, en diferentes haciendas y se comunicaban con "los tambores". Para que sea más epopeya, tenían un líder, en este caso una mujer llamada Carlota.  Ella provocó levantamientos en muchas dotaciones distintas.
Tras varios meses de combates, Carlota fue capturada y descuartizada. - parecía que iba a acabar, pero continuó. - Y entonces se inventaron la Conspiración de la Escalera. Los ingleses andaban por medio, ya hacía años que se estaba hablando del abolicionismo y había muchos enfrentamientos entre ellos. Para finalizar con esta resurrección, el Capitán General O'Donnell que estaba al mando de la isla, intervino. Ese que no querían ni cerca de España pues era posible que se rebelase una vez más y lo habían enviado lejos, era una persona indeseada, imaginen - miró a los espectadores - lo que hizo con los esclavos que torturó, los ató en escaleras y fueron azotados hasta la muerte para sacarles confesiones falsas, pues no había ninguna rebelión, quitarse de encima a quienes les eran afines, nombres de abolicionistas y amigos de ellos, negros, blancos, criollos, ninguno se salvo. A unos los mataron, y a otros con más suerte, les deportaron. - se sentó exhausto.


       
         Sintió un terrible golpe en la espalda y se giró enfadado, despertando de su aletargamiento. Un hombre, otro periodista había caído desde lo alto de un taburete donde estaba mirando al escenario, precipitándose sobre él. Rápidamente busco con la mirada a María Eugenia, que también había sufrido la caída y se encontraba en el suelo bajo el individuo. 
         Se agachó y apartó de malas formas al imbécil, liberando a su invitada. La ayudó a ponerse en pie. El griterío proseguía. Desde el escenario del Teatro Circo continuaba el primer congreso de los trabajadores una vez acabada la clandestinidad. 
         - ¿Estás bien? - le grito al oído para que la escuchará.
         Afirmó con la cabeza la muchacha, pálida, perdió un poco el equilibrio por lo que tuvo que sujetarla.
         - Vámonos de aquí, ya tenemos bastante por hoy - volvió a gritarle, consiguiendo la misma respuesta que a la anterior pregunta: una afirmación con la cabeza, casi un ruego.
         Se giró hacia el otro lado, donde un hombre tomaba notas con su lápiz en unas hojas.
         - ¡Fermín nos vamos!. Te veré luego en la redacción - volvió a gritar para ser oído. Fermín hizo un gesto comprendiéndolo. Ya se lo había dicho, habría problemas con la gente.
         Fueron saliendo casi a empujones, ella atrás cogida de su mano, él haciéndose paso con su brazo libre, hacia la salida por el pasillo, que estaba lleno a rebosar de gente que miraba en sentido inverso a su recorrido.
         Una vez fuera, se recompusieron la ropa y las formas tranquilizándose y sonriéndose mutuamente, lo habían conseguido.
         Comenzaron la andadura hacia la redacción.
         - ¿Cómo sabias que "el rubio" era el alías de Pablo Iglesias? - preguntó ella mientras andaban.
         - Hay que saber de todo - contesto, no quería decirle que le habían pedido que lo entrevistara para su grupo secreto, ya que querían saber más cosas de él.
         - Eso que dijo aquel hombre tan serio, de que no le habían dejado venir y que le expulsaron de la reunión del jueves en Sants, ¿qué reunión era? - volvió a preguntar.
         - Este es el primer congreso de los trabajadores, y entre ellos hay muchos anarquistas. Pablo Iglesias quería representar a los trabajadores socialistas madrileños y eso para ellos, los anarquistas es demasiado suave - le aclaró. - Bueno deduzco, no lo sé, no estaba allí, pero me lo imagino.
         No quería proseguir por ahí, no fuera que se metiera él mismo en un lío. No estaba acostumbrado a mentir, ni a eludir preguntas. Decidió derivar hacia otro tema.
         - Hoy he escuchado que van a quitar la empedrada, la lotería. - eso le daba igual, pero así hablarían de otra cosa.
         - ¿Entonces ya no podremos jugar a la lotería de Los Empedrados?. Me gustaban esas rifas. - replicó.
         - Me extraña. Ganan más dinero con la recaudación que el gasto anual de la conservación de ese pavimento, pero quieren que solo quede la global, la Lotería del Estado - continuó explicando, aliviado, porque ya no tocaban el tema político. - Es una orden de Madrid.
         - Pues adiós a mis lunes soñados, era un aliciente cada semana, 400 duros al primer premio. - acabó ella.
         - ¿Sabes como empezó, el porqué? - se quería hacer el interesante. Le gustaba desde niño preguntar.
         Negó ella con la cabeza mirándole ligeramente hacia arriba, pues él era un poco más alto.
         - En 1827, al decir la reina, la consorte de Fernando VII, que vendría a Barcelona, el ayuntamiento pidió permiso al gobierno central para hacer una lotería semanal para recaudar dinero para renovar las calles y para arreglar la canalización de las aguas, con entradas a las aguas pluviales cada ciertos metros. Con esas recaudaciones habría para irlas conservando una vez efectuadas. Ya vez hace años.
         Continuaron callados el camino, ya casi estaban en la redacción.    
         Volvió a pensar en el socialista que no había podido entrevistar. Y se acordó de que su también compañero de grupo secreto, Matias Muntades, el empresario del Vapor Nou, estaba en contacto diario con las cooperativas obreras de Sants. Seguro que sabría aclararle o averiguar, que habría pasado este jueves pasado.
         No entendía por qué. Había querido que viniese María Eugenia con él. Bueno, sí, para impresionarla. Le gustaba esa chica.
         La abordó esa misma mañana, bajando a las entrañas de la redacción, y en lugar de pedirle una cita, le dijo:
         - Ven, acompáñame a un acto, así vas aprendiendo las diferentes formas de trabajar del diario. Se lo he comentado al director y me ha dicho que si - explicó.
         - ¿Hoy, ahora? - dijo ella.
         - Si, hoy 25 de Septiembre de 1881, vamos a un congreso. Crean una nueva federación de obreros según me han dicho, ¿no estás de acuerdo con el sufragio universal, la libertad de imprenta y de la autonomía del individuo? - se lo había pensado, le había costado memorizar, pero con ello seguro que no le podría decir que no.
        

          


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